viernes 27 de noviembre de 2009

Juegos

Aquel chico, ese que abraza a su novia, envidia a aquel otro, que roza con su mano de soltero la espalda de aquella otra. Ese que la roza sufre de amor no correspondido y la rozada mira al frente, toda altiva, como si nada pasara. En el fondo piensa un “y si…” más por lástima que por cualquier otra cosa. El tonto que te ama siempre cuenta con al menos un poquito de empatía, porque tú te amas también. Ella envidia a la novia de aquel chico, esa a quien abraza. Qué alto, qué guapo y qué rubio. Qué baja, qué fea y qué morena (fijo que de rayos UVA)… y aun así cómo se quieren. Y la que es baja, fea y morena piensa amargamente las palabras que dirá en apenas media hora. Su novio llorará seguro unas lágrimas que caerán hirviendo por una mejilla pálida y terriblemente fría. Todo habrá acabado al fin, una calma indescriptible.

Y yo escribo todo esto con un cuaderno invisible. Escribo sin hacerlo, memorizándolo todo. Luego lo encarnaré en palabras intangibles para olvidarlo más tarde. Y me inventaré un final, ya veremos si bonito.

La chica baja, fea y morena ha dejado ya a su novio, el llorica de dos metros. Nadie les ve ni les mira, pues las rupturas se llevan a cabo en bancos oscuros y solitarios. El que arrimó una mano ha sido sacudido por una mirada reprobatoria que ha sabido a puñetazo. Y la chica del “y si…” se siente culpable. Todos vuelven a sus casas, solos y tristes, previendo un futuro mejor porque al fin y al cabo, empeorar mucho no puede.

Y qué le voy a hacer si hoy no he tenido un buen día.