Cogí el teléfono y allí estaba. De voz aguda y penetrante. Siempre era ella y siempre decía lo mismo. Había llegado a desconectar el teléfono para no oírla nunca más. Pero acababa volviendo, derrotado. Aquella madrugada me despertó y en duermevela se rió de mí. ¿No vas a decir nada más? grité. Luego proferí una sarta de insultos que no quiero transcribir. Ya no pude conciliar el sueño. Supe que estaba cerca, podía escucharla todavía. A la mañana siguiente volví a descolgar el auricular conteniendo la respiración. Seguía allí. Percibí que nunca me iba a librar de ella, lloré como un niño y destrocé el teléfono a puñetazos. Compré otro al cabo de un tiempo. Uno de última generación, que reconocía las llamadas. No me atreví a descolgarlo hasta pasados tres días. Entonces lo hice y comprobé que nada había cambiado. Se llamaba Soledad y sólo susurraba un pitido inagotable.
miércoles 14 de octubre de 2009
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