jueves 3 de diciembre de 2009

La enfermedad del frío

Llegó desprendiendo un frío insoportable. Su llamada me había despertado de un sueño profundo y mientras ella se adentraba por el pasillo yo todavía me hallaba en un estado de sopor. No decía nada y yo la miraba sin entender.

Estaba enferma de frío. Una enfermedad propia, que un día decidimos inventar. Se sentó en una silla y le ofrecí un chocolate caliente, que era una parte de la cura. Yo me serví otro.

Permanecimos callados durante todo el proceso, mirándonos a los ojos. Su mirada entonces se hizo cálida, pero su cuerpo continuaba atenazado.
-El frío –dijo.
-Ya.

La acompañé a la cama y la desvestí. Ella, enferma como estaba, guardó una posición fetal. Pero ya habíamos pasado por eso. Pasé mi mano por su frente, primero, y noté cómo la tibieza se apoderaba de ambos. Y luego bajé hasta el cuello y comencé a frotar cada parte de su piel. La fricción era la cura definitiva. Se fue destensando y estiró las piernas. Por último, mi palma rozó las plantas de sus pies. Rió tímidamente en una reacción inevitable. Estaba curada.

A la mañana siguiente había desaparecido. Me dejó un par de arrugas en su lado de la cama y el desayuno hecho. Entonces sentí un escalofrío.

domingo 29 de noviembre de 2009

Reflejo

Sitúense delante del espejo. Un espejo grande, a ser posible, de esos que abarcan todo el cuerpo. Sitúense delante de él. Sí, son ustedes, eso ya lo sabemos. ¿Lo son? Sí, desde luego que lo son. Acérquense. Un poco más. ¿Ya? Más. Acérquense hasta que su propia respiración empañe el cristal. El reflejo nublo de la expiración, siempre vergonzosa. Aproxímense hasta que su nariz esté a un milímetro del cristal azogado. Y entonces mírense a los ojos. Si logran aguantar lo suficiente podrán acceder a ese inquietante y tenebroso instante en el que uno se azora ante la visión de un extraño.

viernes 27 de noviembre de 2009

Juegos

Aquel chico, ese que abraza a su novia, envidia a aquel otro, que roza con su mano de soltero la espalda de aquella otra. Ese que la roza sufre de amor no correspondido y la rozada mira al frente, toda altiva, como si nada pasara. En el fondo piensa un “y si…” más por lástima que por cualquier otra cosa. El tonto que te ama siempre cuenta con al menos un poquito de empatía, porque tú te amas también. Ella envidia a la novia de aquel chico, esa a quien abraza. Qué alto, qué guapo y qué rubio. Qué baja, qué fea y qué morena (fijo que de rayos UVA)… y aun así cómo se quieren. Y la que es baja, fea y morena piensa amargamente las palabras que dirá en apenas media hora. Su novio llorará seguro unas lágrimas que caerán hirviendo por una mejilla pálida y terriblemente fría. Todo habrá acabado al fin, una calma indescriptible.

Y yo escribo todo esto con un cuaderno invisible. Escribo sin hacerlo, memorizándolo todo. Luego lo encarnaré en palabras intangibles para olvidarlo más tarde. Y me inventaré un final, ya veremos si bonito.

La chica baja, fea y morena ha dejado ya a su novio, el llorica de dos metros. Nadie les ve ni les mira, pues las rupturas se llevan a cabo en bancos oscuros y solitarios. El que arrimó una mano ha sido sacudido por una mirada reprobatoria que ha sabido a puñetazo. Y la chica del “y si…” se siente culpable. Todos vuelven a sus casas, solos y tristes, previendo un futuro mejor porque al fin y al cabo, empeorar mucho no puede.

Y qué le voy a hacer si hoy no he tenido un buen día.

sábado 21 de noviembre de 2009

De trufas y cerdos

No por ser una analogía manida deja de tener sentido. Las analogías no se gastan, narices. Y hoy me ha dado por pensar en los cerdos y en las trufas.

Pues qué soy sino un gorrino que anda buscando su trufa. La trufa que se esconde no sé dónde. Me paso la vida olfateando algo verdadero, un sentimiento puro. Mas me encuentro que todo en esta vida se esconde bajo tierra, donde las personas se embarran y dejan de buscar.

(Aclaremos una cosa, para los menos leídos. Trufas es un término abstracto, cercano a sentimientos, actitudes. No siempre, claro está, sólo ahora que interesa a este falso escritor).

Apenas valoro los gestos, los detalles. No me gustan. Son como concesiones a los demás, favores implícitos dignos de alguien que se cree muy importante. La trufa, mi trufa, esa Idea en sí de trufa que ansío encontrar, es todo aquello que se haga bien y porque sí, sin más.

Y uno cual cerdo, la busca. Y se pasa el día olisqueando desesperadamente en aras de encontrar un efluvio de grandeza oculto entre tanta mierda, que es la tierra, y la gente que la pisa. Y si al fin encuentro una trufa la sacudo y me la como y pienso: “joder, qué buena estaba”. Y después, mientras la digiero (la trufa transcurre todavía por el fino conducto esofágico) me miro y me siento cerdo. Y me canso de buscar. Porque realmente, imagino con desazón, se busca lo que no se tiene y a mí se me acabaron las trufas tiempo ha. De aquello queda una cajita que, vacía, enterré un día para no volverla a ver.

lunes 16 de noviembre de 2009

Idiotas

Hoy la gente que me encuentro en el autobús me parece idiota. El señor de mi lado, que bien podría ser un ancianito entrañable, huele mal. La chica que me mira me mira sin mirarme, y mira, me da una rabia… Al apearme del autobús me cruzo con un par o tres idiotas de mi clase. Uno dice no sé qué de Cristiano Ronaldo, otro no sé qué guarrada que hizo el fin de semana y el otro simplemente ríe. Éste último es el más idiota. Pero si hay alguien idiota es mi profesor. Un catedrático no debería serlo, y sin embargo, lo es. Un idiota algo entrañable, que suple su ineptitud con risas y sonrisas. Es raro: la idiotez intelectual a esas esferas se suele disfrazar de seriedad y aires de grandeza. Pero sigue siendo un idiota que no tiene ni idea de lo que habla. Entonces vuelvo a casa exhausto porque no he dormido nada. Por el camino me encuentro con conocidos que preguntan idioteces: qué tal las clases, qué tal la familia, qué tal si me dejas un rato en paz. Al abrir la puerta voy arrastrándome a mi habitación y me pongo el chándal. Cuando voy directo al comedor dispuesto a no hacer nada me topo con un espejo. Vaya, menuda cara tiene el tío ese. Podría deciros lo que pienso de él, pero en fin, supongo que ya os haréis una idea.